31 may 2012

0 "EL CUERPO SUSURRA Ó GRITA, LO QUE LA MENTE NO COMPRENDE"


Escuchar nuestro cuerpo es parte importante a la hora de autoconocernos. Nos da mucha información sobre nuestro sentir y nuestras emociones. No lo dejemos a un lado, porque es resistente, pero también sufre, se comunica con nosotros, y nos da señales. Señales que no debemos ignorar, porque cuando aparecen, llaman nuestra atención, y recién ahí, nos preocupamos, cuando el problema estaba ya de mucho antes pero lo hacemos consciente a través del dolor físico....


Los invito a leer el siguiente texto y reflexionar... 


Un resfriado ocurre cuando el cuerpo no llora...
Un dolor de garganta aparece cuando no es posible comunicar las aflicciones...
El estomago arde cuando la rabia no consigue salir ..
La diabetes invade cuando la soledad duele...
El cuerpo engorda cuando la insatisfacción aprieta...
El dolor de cabeza deprime cuando las dudas aumentan....
El corazón renuncia cuando el sentido de la vida parece terminar...
Las uñas se quiebran cuando las defensas están amenazadas ...
El pecho aprieta cuando el orgullo esclaviza...
La presión sube cuando el miedo aprisiona...
Las neurosis paralizan cuando el "niño interno" tiraniza...
La fiebre sube cuando las defensas detonan las fronteras de la inmunidad....

¿Y tus dolores callados? ¿Cómo aparecen ellos en tu cuerpo?
No lo dejes pasar, elegí hablar sobre ello y con quien hacerlo, pero empezá a preguntarte que significado y el "para que" de esas dolencias físicas, porque tienen una razón (y una emoción) de ser. EMPEZÁ A SENTIR. Podés ir más allá, empezar a escuchar tus emociones y tus dolores callados de ante mano, porque están ahí para algo. Y así, aprender a escucharte antes de que repercuta físicamente.

Elige a alguien que pueda ayudarte a organizar las ideas, a armonizar sensaciones y a recuperar la alegría. Todos necesitamos saludablemente de un oyente interesado... Pero todo depende, principalmente, de nuestro esfuerzo personal en que se produzcan los cambios que deseamos para nuestra vida..." Necesitamos un espacio para empezar a ocuparnos de nosotros mismos y dar cuenta de aquello que nos está impidiendo disfrutar de la vida en este momento. 

"EL CUERPO SUSURRA Ó GRITA, LO QUE LA MENTE NO COMPRENDE"



Lic. Melisa Vázquez



29 may 2012

0 El otro cuento de la Rana y el Escorpión

por el Lic. Ricardo Klein (*)

Cuando no registramos nuestros miedos...
El escorpión tiene mala prensa. Se lo conoce poco; es más, se conoce poco. Este animal –al ser atacado- responde con una rapidez asombrosa. Recuerdo el fallido intento realizado hace años, de poner y sacar una maderita entre las patas del escorpión antes de que éste picara. Imposible. Su velocidad de respuesta ante la amenaza era vertiginosa. Tal la naturaleza del escorpión.

Recordemos el relato de la rana y el escorpión. En la orilla de un río caudaloso el escorpión le pide a la rana que lo cruce al otro lado. Luego de negarse –por temor a ser picada- la rana accede a transportarlo, tras el escorpiano argumento de no poder matarla pues morirían los dos en las aguas del torrente. En mitad del río, el escorpión le clava su aguijón. La rana – moribunda- le pregunta el por qué, ya que ambos morirán ahora en la mitad del río. El escorpión responde: “Es mi naturaleza.”
Naturaleza asesina, despiadada. Fama de mal bicho, con imposibilidad de cambio, ya que es biológica la causa, es algo dado por la naturaleza.
Ahora bien. ¿De qué trata la “naturaleza” del escorpión? ¿Es realmente el asesino malintencionado del relato? Y si así fuera ¿Por qué matar a la rana recién en mitad del río, uniendo al asesinato su suicidio? Sospecho que algo no cierra en este cuento.
Si el escorpión es la figura, el río es el fondo. Fondo que hace comprender la figura, y relatar otro cuento:
El escorpión pide a la rana que lo cruce, pues no sabe nadar; es más, le teme al
agua pues es un animal de tierra. La rana le cree y lo sube a sus espaldas. Se inicia el cruce. Imagino al escorpión sobre la rana, muerto de miedo. Más, un poco más. Están en medio del río. Distancia máxima de cada orilla. El peor lugar del río, el más alejado de la costa salvadora. El miedo estalla en el escorpión. Asustado, casi en pánico, reacciona frente al sentirse atacado. Y pica. Y mata. A la vez, muere.
Muere ya que no pudo registrar su miedo. Si le hubiera podido decir a la rana de su temor, ésta podría haberlo calmado, ayudado a atravesar el pico máximo del miedo en mitad del río. Para esto el escorpión tendría que haber registrado que tenía miedo; y saber de sí que al tener miedo, reacciona atacando sin registro del miedo. Saber que cuando va a atacar, en el instante anterior, padece de miedo. Quizá hubiera logrado que en lugar de sentirse atacado, registrara el miedo inhibiendo la acción. Pues esa es la “naturaleza” del escorpión. Teme algo, se siente atacado, y reacciona picando; y sólo tiene conciencia de esto último.
O sea que en lugar de un terrible asesino, la rana está ante un temeroso animal,
poderosamente reactivo.
Si el escorpión pasa a ser fondo, la rana puede ser figura. Rana que no es ingenua, pues sabe de la naturaleza del escorpión. Se niega –inicialmente- a transportarlo. De naturaleza confiada, la rana acepta el argumento del escorpión. La lógica –impecable y a la vez fallida- de la explicación, quita sus dudas. Confía ciegamente, pues sólo de esa manera alguien se pondría un escorpión encima. ¿Y qué enceguece el juicio –insisto, no ingenuo- de la rana?
Por un lado, su posibilidad de confiar ciegamente. Pues una cosa es ser confiado, otra es ser capaz de hacerlo desconociendo la percepción, ceguera mediante. Por otro lado, el arrullo del argumento que –cual canto de sirenas- lo aparta de su centro, de su sentir temor ante este otro peligroso animal. Otro que –al no ser reconocido como otro, como diferente, con naturaleza distinta,- es creíble como un igual. Anulación de la diferencia, negación de la percepción, confianza ciega indiscriminada. Atravesados sus ojos con el eficaz argumento, será atravesado su cuerpo con el aguijón en medio del río.
Si el escorpión y la rana devienen en fondo, la figura se instala entre ambos. Tenue línea de la desconfianza-confianza. Desconfianza extrema del escorpión, que ante cualquier cosa cerca, ataca, no duda, no vacila; desconfía de todo y reacciona siempre. Confianza de la rana que –desafiando, más bien desestimando su percepción- confía en argumentos que se anularían de sólo mirar. Confianza extrema del escorpión, que sin duda, sin vacilación alguna ataca, confiando absolutamente en su percepción de la realidad, y que ésta es tal cual él la percibe. Desconfianza total de la rana acerca de su percepción, invalidando su registro y sus propios argumentos.
Cuando ranas y escorpiones nos consultan, demandando por sus padeceres, nos queda por preguntarnos: ¿Qué haremos y cómo comprenderemos al próximo escorpión? ¿Cuál es el trabajo a realizar con él? Y cuando una rana confiada recite potentes argumentos ¿Recurriremos a su percepción negada? ¿Comprenderemos su deseo de quedar encantada por la escorpiana melodía? ¿Nos daremos cuenta que la rana trae un escorpión con ella, que el escorpión viene subido a una rana?

(*) Ricardo Klein es Licenciado en Psicología,colaborador docente de la Escuela de Formación y miembro del Servicio de Asistencia a la Comunidad de AGBA.



"En el Camino de la Gestalt" - Ricardo Klein - Editorial Psicolibro Ediciones. Buenos Aires - Año 2011

5 may 2012

0 La Jaula del Ruiseñor (Cuento Sufí)


En los tiempos de Salomón, el mejor de los reyes, un hombre compró un ruiseñor que tenía una voz excepcional. Lo puso en una jaula donde al pájaro nada le faltaba, y este cantaba durante horas y horas, para admiración de los vecinos. Un día en que la jaula había sido colocada en un balcón, se acercó otro pájaro, le dijo algo al ruiseñor y se fue volando. Desde aquel instante el incomparable ruiseñor permaneció en silencio. El hombre, desesperado, llevó a su pájaro ante el rey profeta Salomón, que conocía el lenguaje de los animales, y le pidió que le preguntase por las razones de aquel mutismo.

El pájaro le dijo a Salomón:

- Antaño no conocía ni cazador ni jaula. Entonces me enseñaron un apetecible cebo y, empujado por mi deseo, caí en la trampa. El cazador de pájaros se me llevó, me vendió en el mercado, lejos de mi familia, y me encontré en la jaula del hombre que aquí ves. Empecé a lamentarme día y noche, lamentaciones que ese hombre tomaba por cantos de agradecimiento y alegría. Hasta el día que otro pájaro vino a decirme: “Deja ya de llorar porque es por tus gemidos por lo que te guardan en esta jaula”. Entonces decidí callarme.

Salomón tradujo estas frases al propietario del pájaro.

El hombre se dijo: "¿Para qué guardar un ruiseñor si no canta?". Y lo puso en libertad.

El pájaro volvió a cantar.


A veces, la queja en sí es lo que mantiene la situación por la cual nos quejamos.


“Cuando el soberano puede interpretar todos los lenguajes de la naturaleza, tiene que poner ese

excepcional conocimiento al servicio de sus súbditos"



(Jean-Claude Carrière, en “Le circle des menteurs”)
 

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